
Después de varias infructuosas danzas de la lluvia, de fallidas oraciones y sacrificios a todo tipo de demonios, dioses y semidioses, y de además irme más cerca al polo... por fin cayó nieve sobre mi cabeza! Espectacular, bien valió la espera y el frío de todos estos días.
Caminar mientras cae no es un problema mientras se esté bien equipado, pero con buen viento, como el de Kingston que fue donde me sorprendieron los primeros cuatro o cinco centímetros de nieve, es difícil tener todo cubierto de forma suficiente. Tocó comprar boticas (el tenis puma no aguanta), y los guantes, la bufanda y el gorro no perdonan ninguna salida. Con razón me decían que esas cosas no se pierden, es que no hay forma de que a uno se le olviden.

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