
Año nuevo en Québec, la provincia canadiense que parece compartir bien poco con lo que conozco de Ontario, y dicen que con el resto de Canadá. Cruzar esta frontera imaginaria, que divide al resto de los canadienses de los que viven en Québec contrasta con aquellas oficinas de inmigración que separan a Detroit de Windsor, ciudades fronterizas entre Canadá y los Estados Unidos. Mientras en el primer caso la línea divisoria es imaginaria pero los cambios no lo son, cruzar la frontera entre Estados Unidos y Canadá es una prueba harta después de la cual uno parece estar de vuelta en el mismo lugar del que salió.
Montreal, o la isla de Montreal como descubre sorprendido quien sube al Mont Royal en un peregrinaje similar pero de menor calibre que el de Monserrate, es una ciudad con mucho por descubrir y deliciosa para caminar. El Viejo Puerto tiene diversos lugares para visitar y admirar, y en pocos minutos se puede pasar caminando de esta parte histórica a la Montreal moderna, al downtown con sus almacenes, bares y restaurantes donde inmigrantes, chinos, italianos, e indios garantizan buena comida. Y claro, aparece el francés con su belleza y sofisticación desplazando a los anglófonos y su lenguaje de mayoría absoluta a turistas en su propio país. Aunque en teoría bilingüe los locales se mueven en francés más que en inglés y esta leve diferencia parece ser una forma de identificar y posiblemente excluir. Sí, todos saben hablar inglés pero eso no significa que quieran hacerlo.
Siguiendo más al este se llega a la ciudad de Québec, el último eslabón visitado por la mayoría de turistas que pisan estas tierras. Una versión concentrada de Montreal, la ciudad convertida en pueblo con sus características particulares resaltadas. Aquí abundan los pequeños bistro donde se puede disfrutar un crepe suzette o breton, o donde se puede parar a tomar una soupe a l'oignon gratinee (sopa de cebolla) después de caminar por las estrechas calles que lo trasladan a uno al “viejo continente”. Cerca de allí está el Ice Hotel, el hotel cuya estructura se construye y reconstruye cada año. Impresionante, espectacular, bellísimo: una extravagancia de esas que no se entienden ni se imaginan. Pero parece suficiente con la visita, los cuartos me recordaron una dura noche en el Parque de los Nevados: en ambas partes será en un sleeping bag en medio de un frío el berraco.
Hace algún tiempo dije que Toronto parecía un gran vividero pues allí no se siente uno extranjero. En Montreal, y en general en Québec la sensación es otra y adaptarse debe ser más difícil. El idioma marca una barrera, más real de lo que parece a primera vista, y el cuento nacionalista se siente totalmente ajeno. Pero esto también es lo que le da su atractivo, y por eso dan ganas de repetir, por lo menos la visita. Por la buena compañía y los amigos que se reencontraron que fueron lo de más, pero también para volver a oír todo en francés e inglés al mismo tiempo, para reencontrar ciudades que se pueden recorrer a pie y que tienen una identidad propia, para comer delicioso en días que pasan lentos y restaurantes que se toman su tiempo para servir. Y claro, para volver a sentirse liviano en un par de esquís entre caída y caída.

6 comments:
alla si esta haciendo frio
Mono que delicia volver a leer tus cuitas.
Que frio tan berraco el de las fotos.
Quitando lo personal... crónica viajeros de El Tiempo otra vez?
Juanch bello relato. Debo hacerte una correccion: no es Mont Saint Royal si Mont Royal.
Besos
Duro con él Pame!!
(nada personal Juancho)
Carlos.
Que bueno esta este post, sera porque siempre he querido viajar al Monte Real
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