
El padre hablaba de la vida eterna, mientras yo me acordaba de los libros sobre la reencarnación y las charlas sobre el bardo del que hablan los budistas tibetanos. Pero ninguno despertaba mi interés en absoluto, además de especulativos los sentía inmensamente distantes y sin importancia. La muerte, para mi, sí tiene un sentido, pero entendí entonces que está mucho más cerca que cualquier reino prometido: el acordarnos de la transitoriedad de la vida y disfrutar con mayor vehemencia a los compinches de viaje.
Pero cuando uno levanta la cabeza, mira alrededor y está rodeado de gente; quedan los que viven, tampoco entienden y comparten esa misma angustia. Y entonces ese dolor se transforma, y tantas opciones que había se vuelven sólo una, la de soltar y dejarlo ir, la de sonreír y festejar aunque la vida no sea siempre como queremos, la de recordar con nostalgia pero con alegría los buenos momentos que pasaron y desearle suerte a quien se fue y nos ayudó tanto en el andar.
Por eso, en medio de todo hay que buscar que prevalezcan la alegría y la música en compañía de amigos queridos. A ustedes, caminantes de esta misma excursión sin final anunciado pero seguro, les agradezco su soporte durante una época donde se ven más las vacas flacas que las gordas aunque el rebaño tenga de todas en cantidad. GRACIAS! Su grata compañía es regalo más que suficiente para sonreir en esta vida y llenar de colores incluso la muerte.

3 comments:
Bellas palabras mi Juancho.
Para vivir hay que morir un poco en cada instante.
Chaguis amigo, unas palabras muy sabias y sensatas en un momento que se torna largo y tortuoso. Animo que hay una verdad inmensa en lo que usted escribe...se recuerda con nostalgia pero con alegria...un abrazo enorme.
Lo siento
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