
Caminar por la Candelaria los viernes después de almuerzo siempre lo enfrentaba a uno a un panorama desolador: cientos de estudiantes se sentaban a disfrutar de unas cervezas viendo caer la tarde, mientras uno iba con la cabeza gacha de vuelta a su estrecho cubículo a terminar por fin una semana de labores. Estas últimas semanas, sin embargo, recordaba con cariño esos días de oficina mientras las tardes de viernes me encontraban tirado en una camilla, con la boca abierta y el sonido de la fresa en los cubículos vecinos.
Una cita al odontólogo no tiene nada de especial, eso es cierto, pero cuando la cita dura 3 horas y se repite durante 4 semanas la cosa comienza a tomar otro tono. Y claro, si esto fuera por un tratamiento de ortodoncia o uno de conductos se entiende que no sea cosa de una cita, pero la realidad es que estas 12 horas de quirófano fueron para hacer una simple limpieza… una limpieza que normalmente dura no mucho más de 30 minutos.
Y por qué la diferencia? Como lo sabe cualquiera que se haya enfrentado a un dolor de muela repentino en Estados Unidos, la odontología aquí es impresionantemente cara. Por lo tanto, mi única opción fue suscribirme a un programa que ofrece la universidad con la escuela de odontología, lo que quiere decir que en cambio de atenderme un odontólogo lo hacen estudiantes; en este caso una estudiante de primer año de higiene dental. Para ella soy parte de su “clase” de los viernes de 2 a 5, y más que un paciente soy “material de estudio”. Mi amigo Chino dice que por qué no espero a volver a Colombia, que para qué necesito una cita odontológica cada 6 meses: por algo los chinos nos llevan la delantera en casi todo pero su mejor nivel de vida no se sospecha cuando sonríen.
La primera sesión me sacaron radiografías, me hicieron mil preguntas sobre mi salud y los productos que uso, inspeccionaron mis dientes de arriba abajo y encontraron que mi tensión estaba un poco alta. La instructora concluyó que era por tanta mujer a mi alrededor, yo creo que puede ser más bien la dieta rica en enlatados. Después de esta sesión introductoria las dos que siguieron fueron de restriegue y poliche: en cada una me limpiaron la mitad de la dentadura, y me enseñaron a lavar los dientes correctamente después de que un líquido rojo delatara que soy un vago o un inexperto. Y hasta aquí debía llegar la cosa, pero mis molares no pasaron la aprobación de la instructora, quien reprobó a su alumna sentenciándola a continuar con el trabajo. “Esto va a necesitar una nueva sesión”, dijo, y con esto volví a programar mi viernes con otro “date” de 3 horas de pura cama.
Parece increíble que en 12 horas, Audrey, mi simpática estudiante asignada de no más de 22 años haga lo mismo que en 20 o 30 minutos hacía mi odontólogo en Bogotá. Y bueno, si somos justos no hace lo mismo. Mientras esa media hora parece dilatarse y volverse horas de dolor por la forma burda como me pasa con fuerza sus herramientas mi odontólogo experto, seguido de un “escupa por favor” con el obvio chorro de sangre, mi estudiante asignada tiene manos suaves y trabaja con minucioso cuidado. Al más mínimo movimiento de mi cara pregunta “are you ok?”, e inmediatamente pide disculpas y me ofrece un anestésico local. Mientras el odontólogo está rutinariamente quitando el mugre de una superficie cochina, ella se concentra en cada detalle, aprovecha para probar un nuevo par de instrumentos con el visto bueno de su instructora y conversa con su vecina de cubículo sobre si debería usar este o aquel garfio para este tipo de cálculo. Su interés en aprender de mis residuos dentales me condena a que esto demore una eternidad.
Al terminar mi cuarta cita Audrey me da las gracias por lo mucho que aprendió ¿? e inexplicablemente me dice que después de esto la siguiente limpieza durará sólo una hora. O me la va a hacer alguien más o tiene mucha confianza en sus nuevos conocimientos, pienso yo. Doce horas parecen una eternidad y quisiera no seguir anhelando los viernes en la oficina, pero sólo espero que esto no signifique que en seis meses retornaré al “escupa por favor”, sólo que ahora en sus dulces manos.
PS: La foto es en un centro de ski cerca de Ann Arbor.

1 comment:
Sumerce deje que Audrey tome el curso en donde le ensenien que la productividad se mide en jetas-limpias/dia y vera que el asunto se agiliza. Mientras tanto solo espero que la silla sea comoda y que el garfio chupa saliva sea lo suficientemente ergonomico.
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