
Hay alegrías que son difíciles de compartir, y la que sigue es una de esas. Pero teniendo en cuenta que ya agoté mi emoción con Lola y Lalo, decidí que lo intentaría con otro tipo de audiencia.
El viernes en la noche pisaron el suelo de Ann Arbor dos personajes de nombre John. El primero de ellos inglés, de apellido Etheridge y el segundo de origen australiano y con padre de apellido Williams. Para muchos de ustedes estos dos nombres no quieren decir nada, o puede que algunos confundan al segundo con el famoso compositor de la música de miles de películas, Star Wars entre ellas. En este caso, sin embargo, se trataba de dos figuras de la guitarra de talla mundial. El primero de ellos era un nombre que no había oído más que un par de veces, pero el segundo era el mismísimo John Williams, uno de los grandes monstruos de la guitarra clásica, posiblemente el cíclope de mayor tamaño en el momento. Y yo apenas me enteré que venía hace un par de semanas.
De vuelta en casa me encontré una botella de Evan Williams, bonita coincidencia. Salud Lola, salud Lalo. Qué buen viernes, gracias John.

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