Sunday, April 15, 2007

Sir John...


Hay alegrías que son difíciles de compartir, y la que sigue es una de esas. Pero teniendo en cuenta que ya agoté mi emoción con Lola y Lalo, decidí que lo intentaría con otro tipo de audiencia.

El viernes en la noche pisaron el suelo de Ann Arbor dos personajes de nombre John. El primero de ellos inglés, de apellido Etheridge y el segundo de origen australiano y con padre de apellido Williams. Para muchos de ustedes estos dos nombres no quieren decir nada, o puede que algunos confundan al segundo con el famoso compositor de la música de miles de películas, Star Wars entre ellas. En este caso, sin embargo, se trataba de dos figuras de la guitarra de talla mundial. El primero de ellos era un nombre que no había oído más que un par de veces, pero el segundo era el mismísimo John Williams, uno de los grandes monstruos de la guitarra clásica, posiblemente el cíclope de mayor tamaño en el momento. Y yo apenas me enteré que venía hace un par de semanas.

La mezcla entre los dos estilos resultó interesante aunque por momentos un poco forzada. El señor Etheridge resultó de lo más divertido y un guitarrista de jazz con muy “buena onda”. Pero mi atención estuvo fija en el otro John todo el tiempo, más aún después del intermedio cuando logré ubicar una silla en primera fila y disfrutar del maestro a tan sólo unos pasos… Sobra decir que su ejecución fue impecable, que la guitarra parecía una parte más de su cuerpo que contraía y movía a voluntad, que ni siquiera se notaba su impresionante técnica por la forma como cada pieza parecía salir sola y sin esfuerzo del ágil movimiento de sus dedos.

No fue un sueño hecho realidad, porque nunca esperé verlo en otro lado que no fuera la pantalla. Ni siquiera fue tanto su virtuosismo –aunque este también fue impactante- pues a Colombia han ido muy buenos guitarristas. Fue más la sensación de estar tan cerca de tan gran maestro, verlo abrir su plumaje con calidez y descubrir que era tan hermoso como parecía. Y que lo mostraba con gracia pero sin vanidad.

De vuelta en casa me encontré una botella de Evan Williams, bonita coincidencia. Salud Lola, salud Lalo. Qué buen viernes, gracias John.

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