Sunday, October 21, 2007

Por la tierra de Pancho Villa

Han pasado casi dos meses desde que llegué de México, y hoy que retomaba el blog pensé si tenía aún sentido devolverme tanto. Pero creo que aún estoy a tiempo: cuando mucho de lo trivial se ha olvidado el paseo queda reducido a una cobija de retazos que con el tiempo conforman los recuerdos. Así que aquí van algunas de las cosas que llegaron a mi cabeza cuando devolví la cinta…

La comida: entiéndase por esto chilaquiles, tacos, flautas, pozole, gorditas, agua de jamaica y de horchata, granadas, tunas, carne deshebrada, huitlacoche, nopalitos y chiles. Y todo lo demás que se les pueda ocurrir, incluido el pollo asado, entacado y bien picoso. Para bajarlo una cerveza Indio o una bandera. Con el tiempo le toma uno el gusto, también con el tiempo comienza uno a sentir los efectos de la nueva dieta.

Guanajuato: un pueblo encantado, empotrado sin mucha bulla en la mitad de México. Declarada capital Cervantina de América ????, y atravesada por decenas de túneles que conectan sus lomas llenas de casas de múltiples colores. Calles empinadas de una sola vía que desembocan en esos mismos túneles que sirven además de parqueadero, y en una ciudad que se jacta de no tener semáforo alguno. Ciudad de las famosas momias de Guanajuato, que corresponden a los cadáveres perfectamente conservados de aquellos guanajuatenses cuyos familiares no pagan juiciosamente su derecho a cripta. Allá si toca cuidar bien a la familia, si no pa’l museo. Y en medio de todo esto una preciosa casa de huéspedes y una universidad de mucho prestigio en México.

El metro del DF: El tráfico en el DF es lento y tortuoso, pero el metro es cosa de no creer. Cuesta dos pesos mexicanos, algo como veinte centavos de dólar o cuatrocientos revaluados pesos patrios. Cada nuevo tren demora menos de cinco minutos en llegar, es limpio, rápido, fácil de entender y va a todas partes. Además, 2 o 3 viajes en metro dejarán su musiteca con toda compilación de MP3 que se le pueda ocurrir. Las 100 para enamorados, las de rock en español, lo último del bolero. Y a diez pesos mexicanos el CD… de locos.

Acapulco: Porque por más que los mejicanos digan que está caído sigue teniendo su encanto. Su playa larga, llena de hoteles que se resisten a dejar de ser de lujo, su barco-discoteca que no provoca pero se llena cada noche, y por supuesto los famosos clavadistas. Un ritual que se repite día tras día. Espectacular como caen, un poco pendejo el drama que simulan, muy mexicano el ritual de la virgen y muy mexicano que aún con la última gota de agua escurriéndoles son los mismos clavadistas los que a la salida esperan al público para sus merecidas propinas. Bonito. Y además el pago incluye una cerveza. Que más.

San Miguel: Por sus contrastes. Sus ornamentadas iglesias de estilo churrigueresco, palabra que yo no sé ni siquiera pronunciar pero más o menos denota el género. Su biblioteca, invadida de libros de Agatha Christie, Ann Rice y otros muchos en inglés, donde un coro de 20 gringas y gringos retirados practican canciones mexicanas. Sus restaurantes caros, su mercado precioso, sus hoteles y hostales llenos, un pueblo en la mitad de la nada con festival de música de cámara internacional. Una rareza, una enchilada engringada. Bonito a veces, artificial otras.

Y claro, lo sabroso que es pasear en Español, dónde todo transeúnte es guía y todo desconocido un posible historiador. Buen paseo, en inmejorable compañía. Quedó faltando mucho, eso sí, México es enorme. Dos, tres meses cuando mínimo, y eso para dar la vuelta al trote. Carajo, cuando será que habrá tiempo para volver.

1 comment:

MaJaDeRiA said...

Jejeje....sip, México es eso y mucho más....pero carajo si vale la pena conocerlo.